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COLABORADORES

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PORTAL ALCOZAR

CASOS Y COSAS DE AQUELLOS ENTONCES (colectivo)

 

 

 

CUENTOS Y CHASCARRILLOS DE MARIANO, Mariano Puentedura Morales (2017)

 Esto pasó en Alcozar. Se resulta que vinieron los de Estadística y estaban en el Ayuntamiento haciendo el padrón. Iban preguntando a unos y a otros cuántos eran en casa, qué edades tenían y cosas por el estilo.

Se ve que había un error y en los papeles que traían figuraba que la suegra del Cirilo tenía que ir a la mili. Total que el Cirilo porfiaba que eso no podía ser, porque el nombre y los apellidos correspondían a su suegra que, como es lógico, era mujer y no tenía que cumplir el servicio militar.

Los de Soria erre que erre que los papeles no podían estar equivocados y ya, va el Cirilo, harto de discutir, y les dice:

Pues entonces lo que hace falta es que la llamen pronto a filas.

 


 

Se resulta que un señor tenía tres hijas y una de las que vivía con el matrimonio en el pueblo cayó mala. Llamaron al médico, sacó los accesorios del maletín, la reconoció, y le dijo al padre:

Bueno, señor zutano, pues su hija tiene bronquitis.

¡Pues nos hace la santísima!, se apresuró a decir el padre, porque teníamos pensado matar el cochino mañana.

El médico volvió a mirar a la moza con los aparatos una y otra vez y, dirigiéndose al padre, le preguntó:

¿Esputa?

A lo que el buen hombre contestó:

Ésta no, pero la que tenemos en Madrid sí.

 


 

En esta ocasión era un hombre que tenía tres hijos. Murió, y ya pasados varios meses, el cura le dijo a uno de ellos.

Mira, fulanito, ha pasado tiempo desde que falleció tu padre y todavía tenéis sin cubrir los gastos del entierro.

El caso es, señor cura, respondió el hijo, que por mi parte y por la de mi hermano ya nos hemos puesto de acuerdo para pagarlo, pero como mi hermana anda por ahí de mala manera... Ahora, que si usted quiere, mañana mismo le abonamos la parte que nos corresponde a nosotros dos.

No, hombre, no te apures, ya me lo pagaréis todo junto —respondió el cura— Pero, si no es molestia la pregunta, ¿por dónde anda tu hermana de mala manera?

Pues verá, señor cura, mi hermana se metió monja y se fue a Barcelona.

¡Hombre, y tu consideras que meterse monja es vivir por ahí de mala manera!, dijo el cura un poco amoscado.

No, si yo lo digo porque, como está casada con Dios, ya le pagará mi cuñado lo que ella debe.

 

 

EL VINO DEL TIO PEDRO, Mariano Puentedura Morales (2017)

En Alcozar, como todo el mundo tenía bodega y vino, era costumbre ofrecer un trago a cualquiera que se presentara en casa, ya fuera conocido o no.

En aquella ocasión vinieron a comprar las pieles de los corderos y de las ovejas unos pellejeros de Roa, de ahí, cerca de Aranda de Duero. Tras cerrar el trato con mi padre, les convidó a un trago, pero les advirtió de que aquel año el vino no había salido muy bueno. Después de beber, no dejaban de alabar el vino de su pueblo; que si era el mejor de toda la Ribera del Duero, que si tal y que si cual. Total, que mi padre ya estaba un poco harto de que no parasen de decir que el vino de Roa, y en particular el que hacían ellos mismos, no tenía ni punto de comparación.

Resultó que en aquellos momentos salió el Tio Pedro y se sentó en el poyo que tenía delante de casa. Éramos vecinos; casi vivíamos frente por frente y un año sí y otro también cosechaba el mejor vino de Alcozar. Porque tenía lagareta propia, y no mezclaba sus uvas con las de los demás como hacíamos los que llevábamos la uva a los lagares. Además, tenía la bodega en casa, así que se podía beber fresco y recién sacado del cubete.

La cosa es que como éramos vecinos y nos llevábamos bien, va y le dice mi padre.

—Pedro, mira a ver si les das un vaso de vino a estos señores, que dicen que el de su pueblo es el mejor.

El Tio Pedro contestó con cierta sorna:

—Qué hacer no; ahora mismo saco unos vasos para que lo prueben y a ver qué les parece.

Se fue el Tio Pedro para adentro y llenó unos vasos en la poza donde goteaba el cubete. Como la bodega estaba excavada en la roca, había un pocillo en el que caía algo de vino al abrir y cerrar la canilla y se mezclaba con el remane de agua que bajaba del castillo.

Se bebieron el vino y el Tio Pedro les preguntó:

—¿Qué les parece a ustedes? ¿Es mejor o peor que el de su pueblo?

A lo que ambos respondieron:

—Pues la verdad es que no esta nada mal. Sí, sí, ya nos había dicho el Mariano que usted hace siempre buen vino.

Entonces el Tio Pedro soltó la carcajada y dijo:

—Pues se acaban de beber ustedes las heces, aguarden un poco que ahora les traigo vino de la cuba. Y así lo hizo.

Aquellos hombres no sabían qué decir, pues mi padre también se empezaba a pitorrear de ellos y de la murga que le habían dado con que ellos tenían el mejor vino de toda la comarca, cuando resultó que no sabían distinguir el agua del vino.

 

 

 

LA ROMANA DE LA TIA MODESTA, Milagros Pastor del Amo (2017)

En tiempos de la posguerra, como es bien sabido, había mucha escasez. En nuestra casa no pasábamos hambre, pero no nos sobraba de nada. Tampoco había suficientes herramientas, o lo que fuera, así que las cosas se prestaban entre vecinos. Tú tenías escalera y yo alicates, por ejemplo, pues con ir a buscarlo donde lo hubiera, se resolvía la cuestión. Nadie negaba lo que tuviera.

Los chicos nos peleábamos por cualquier cosa. Nosotros, sobre todo la Piedad y yo, que somos mellizas, siempre estábamos gruñendo: “que si tu cacho de pan es más grande que el mío”; “que si te han puesto más comida en el plato que a mí”, y cosas por el estilo. Hasta que decía mi abuelo Mariano:

Ve en ca la tia Modesta a por la romana y lo pesamos.

 

 

EL POZO DE LA MINA, Mari Carmen Aparicio Muñecas (2017)

No me alcuerdo bien qué año sería, pero más o menos hacia 1965. Se resulta que estaba en casa del Tio Paco un nieto un poco gordito, hijo de la Martina, que había venido de Madrid,  y, como era de la capital, los chicos del pueblo le hacían muchas picias.

Los de La Mina ya no estaban trabajando, pero entodavía tenían la torreta y cuidaba de todo aquello uno de San Esteban y algunos días el Pablo, el hermano de la Felicitas.

En esta ocasión iban la Tere, la Mercedes, el Miguel Ángel, bueno, todos los de esa cuadrilla, y este chico iba con ellos. Se fueron hasta La Mina y querían tirar al pozo al nieto del Tio Paco para que se mancharía la ropa, porque había allí mucho barro negro. Pero se ve que se retiró a tiempo y fueron al hoyo la Pacita y el Miguel Ángel, que se pusieron perdidos, porque no sé qué sería lo que salía, pero hasta se comía el color de la ropa.

Creo que el Miguel Ángel lloraba a moco tendido porque no se atrevía a volver a casa con aquella ropa, así que el Valentín le tuvo que prestar hasta los calzoncillos para que su madre no le daría una somanta de palos. Y la Maritere también dejó su ropa a la Pacita.

 

 

EL PROGRESO, Divina Aparicio de Andrés (2017)

En Alcozar se cagaba en el corral, en la cuadra o en el campo si allí nos daba el apretón. Y nos limpiábamos el culo con un trozo de papel de estraza en el mejor de los casos, y con un canto o una teja si era lo que encontrábamos más a mano sin tener que ahuecarnos.

A Alcozar no había llegado el progreso, no teníamos agua corriente en las casas. Por contra, tampoco generábamos residuos. Las gallinas picoteaban nuestro excrementos, las mondas de las patatas se las comían los cochinos, con las latas de sardinas los chicos hacían carricoches, y la ropa, una vez remendada por enésima vez, pasaba de padres a hijos y del hermano mayor al siguiente.

Todo este preámbulo viene a cuento, como se verá, de lo que le sucedió a Valentín, hijo de un pastor cuyo apodo era El Patagorda.

El Valentín, chico despierto e inquieto donde los haya y que se atrevía a retrucar hasta al señor cura, tenía en el Serafín, pocos años más mayor, a su mejor amigo.

Sucedió que se casaba un hermano de este último y no quiso que se perdiera el convite su compañero del alma.

Se celebró la boda en Langa de Duero y, como se hiciera tarde para volver a Alcozar, los dos inseparables amigos se quedaron a dormir en casa de unos familiares.

A eso de la media noche Valentín sintió una imperiosa necesidad de hacer de vientre y despertó a Serafín para preguntarle dónde estaba la cuadra. Medio adormilado le contestó:

Aquí no hay cuadra; son muy modernos. Tienes que cagar en ese cuarto de ahí enfrente.

Se dirigió nuestro mozalbete hacia donde el otro le indicó, hizo sus necesidades y volvió al dormitorio no sin antes cavilar un buen rato antes de decir:

Oye, chico, serán todo lo modernos que tú quieras, pero no hay modo de que salga el mollejón por por ese agujero tan pequeño, y encima me he tenido que subir a una silla porque no alcanzaba.

¿Pues, dónde has cagado?, preguntó el otro con sorpresa.

Dónde voy a cagar, donde tú me has dicho, en esa a modo de palancana que hay debajo del espejo.

!Anda, vuelve a escape, coge la mierda y tírala por el retrete!, consiguió articular Serafín sin parar de reír.

Y es que nuestro buen Valentín encontró la tapa de váter bajada y, como no estaba familiarizado con el inodoro, se había cagado, tal como lo oyen, en el lavabo.

 


EN CUARENTA HORITAS EN MADRID, Divina Aparicio de Andrés (2017)

Amancio Hergueta, que va a la botica y no receta. Esta era la cantinela con la que la chiquillería recibía a nuestro personaje.

Don Amancio, hombre afable y bonachón por naturaleza, hacía oídos sordos a aquella burla que venía sufriendo por lo menos durante las dos últimas generaciones de chavales.

Ejerció su profesión de veterinario muchos, muchísimos años. Llegaba a Alcozar en el único automóvil que veíamos por allí. Un coche tan viejo como su propietario que se negaba a subir las cuestas. Por eso, la broma de siempre era:

Don Amancio, ¿quiere que empujemos?

Sí, majos, a ver sin con eso consigo llegar a la calle Real.

Pero el vehículo nunca subía la cuesta, entre otras cosas, porque los chicos en vez de empujar para adelante, lo que hacían era tirar hacia atrás.

Residía en Langa de Duero y se desplazaba a los pueblos limítrofes para una inspección rutinaria periódica. También acudía si le pasaban recado de que un macho sufría dolor de tripa o si algún cochino tenía el blanquillo. Además, era el responsable de la inspección sanitaria de los cerdos tras la matanza. Pero en este último caso eran los alcozareños quienes llevaban unos trocitos de carne a Langa para que nuestro buen veterinario pudiera descartar la triquinosis, tras lo que las mujeres podían preparar una buena fritada con el hígado y los hombres poner los somarros sobre las parrillas.

Don Amancio nunca tenía prisa, se tomaba las cosas con calma. Por eso los hombres gustaban embromarle preguntándole a cuántos kilómetros por hora marchaba su automóvil, a lo que él respondía imperturbable una y otra vez.

Yo, en cuarenta horitas en Madrid.

Tanta fortuna llegó a cobrar esta frase que todavía hoy, casi sesenta años después de que Don Amancio dejara de ejercer su profesión, volvemos a repetirla para hacer referencia a alguien o algo que se mueve con excesiva lentitud.

 

 

MORIR POR TRES VECES, Mari Cruz Hernando Lamata (2017)

Esto lo contaba muchas veces la Claudia. Resulta que sucedió cuando sólo había un teléfono en el pueblo. Era el teléfono público que estaba en la casa del médico, que lo atendían por adra cada día un vecino. Aquel día le tocaba al Esteban, el Pájaro.

Llama un hombre y dice:

Buenos días, soy Alfredo. A ver si puede hacerme el favor de pasar razón a Víctor de que se ha muerto Julián.

Y el Esteban contesta:

Te acompaño en el sentimiento. Ahora mismo voy a dar aviso.

Y colgó el teléfono sin hacer ninguna pregunta, pues nacidos en el pueblo sólo había un Julián, el Guardia, que tuviera un hijo llamado Alfredo.

Al Víctor le extrañó que le avisaran a él de esa defunción, pero como el supuesto muerto no se trataba con sus tres hermanos solteros, que vivían en Alcozar, informó a los familiares que consideró oportuno.

Hicieron los clamores como se acostumbra y al día siguiente, con una pelona de mil demonios y un tiempo infernal, el Gervasio, que era sobrino del difunto, cogió el coche y él, su mujer, la Tia Juana y no sé quién más, se fueron para Aranda de Duero al entierro.

Llegaron a la casa, tocaron al timbre y les abrió la puerta precisamente el Julián.

¿Qué ha pasado para que vengáis con el día que hace?, pregunta el supuesto muerto.

Los otros mudos, vamos, que no sabían qué contestar, porque así, de primeras, les pudo el canguelo. Cuando por fin explicaron lo acontecido, el Julián, que era sargento de la Guardia Civil y gastaba muy malas pulgas, se puso hecho una furia. Así que los familiares, arrearon escaleras abajo y se volvieron a Alcozar a escape.

La confusión se produjo porque el Víctor sí que tenía un conocido, no sé si de la mili, que también se llamaba Julián y con el que mantenía cierta relación y que por lo visto uno de sus hijos era el tal Alfredo que llamó por teléfono, pero en aquel momento nadie pensó que se trataba de esa amistad.

Bastantes años después, cuando el Julián estaba dando las diez de últimas pero todavía no había fallecido, uno de sus hijos subió al cementerio de Alcozar y cavó el hoyo, lo que desató los chistes de que el Julián había estirado la pata por segunda vez. A los pocos meses murió definitivamente, porque a la tercera va la vencida.

 

 

LA GABARDINA DEL ELOY, Mari Cruz Hernando Lamata (2017)

Esto también lo contaba muchas veces la Claudia, porque les sucedió a ella y al Gervasio.

Bastantes años después de la mecanización del campo, tres hermanos solteros: el Valentín, la Reyes y el Eloy seguían segando a mano, acarreando los haces con una galera tirada por un macho viejo y trillando en la era.

Resulta que un día, ya de noche, volvían del campo y no llevaban ninguna luz en la galera, así que el Gervasio y la Claudía, que iban en el tractor, se cruzaron con ellos en un camino sin verlos. Y, según resultó después, una mugrienta gabardina que siempre llevaba a cuestas el Eloy, hiciera frío o calor, se enganchó en el tractor, sin que tampoco él o sus hermanos se dieran cuenta.

Llegaron el Gervasio y la Claudia al pueblo, metieron el tractor en la cochera y, cuando ya iban a salir para ir a casa, la Claudia vio la gabardina que colgaba del tractor. Enseguida supo que era del Eloy, porque nadie llevaba prenda alguna tan sucia y era inconfundible. Al punto comenzó a gritar:

¡Ay, Gervasio, que los hemos matado, que los hemos matado!

El Gervasio no comprendía nada porque su mujer, presa de pánico, no lograba explicar el asunto. Hasta que por fin consiguió hacerse entender más por mostrar la dichosa gabardina que por sus palabras.

Con todo el miedo en el cuerpo corrieron calle abajo hasta la casa de los tres hermanos. Llamaron a la puerta y nadie contestó, lo que agravó la angustia que ambos sentían. Sin saber qué hacer, la Claudia repetía una y mil veces

¡Ay, Gervasio, que los hemos matado, que los hemos matado!

Cuando, estando en estas, se oyó el ruido de la galera que llegaba por el Camino de los Carros y los tres hermanos que venían tan campantes. La Claudia les alargó la gabardina y no dijo esta boca es mía hasta el día siguiente.

 

 

COSAS DE MARIANO, Asunción Pastor Romero (2017)

El Marino es muy pedorro. Bueno, ahora no se tira los pedos tan gordos, pero antes era tirarse uno y se espantaban los machos en la cuadra o salían las gallinas cacareando y revoloteando por el corral.

Se resulta que una vez, cuando el Antonio era mozo, teníamos un armario que estaba mal calzado y chingoloteaba cosa mala. Y yo le estaba diciendo todos los días: “a ver si calzas ese armario, que se me va a caer encima y me va a pillar debajo”, pero él nada, que se hacía el remolón y no le arreglaba.

En esta ocasión, estábamos en la cocina el Antonio y yo y el Mariano ya había subido a acostarse, cuando, pumba, se oye un estruendo de mil demonio. Y digo yo: “sube, Antonio, vamos deprisa que seguro que se ha caído el armario y ha pillado a tu padre”.

Echamos escaleras arriba los dos a escape y, cuando llegamos a la sala, nos encontramos a Mariano escojonándose de risa, porque el armario estaba en su sitio y el estruendo no había sido otra cosa que un pedo de los de aquí te espero. ¡Imagínate cómo sería de gordo para pensar que se había caído el armario!

 



Esto ocurrió cuando no teníamos todavía el agua corriente en casa, así que... cuarto de baño todavía menos. Era en el mes de octubre y, como estábamos vendimiando, a más de uno le obligaba por la cosa de las uvas. Ya de noche cerrada, le dio un apretón a Mariano y se fue a tirar de pantalón ahí, por detrás de la fragua, en ese callejón que baja de la era de Fermín. Estaba muy oscuro y no se veía nada. Se bajó los pantalones y, cuando ya estaba a punto de cagar, va y oye una voz de mujer que le dice:

Caga, hijo, caga a gusto.

Se alzó corriendo y, casi sin subirse los pantalones, volvió a casa con el recado y sin haber hecho sus necesidades.

Se vino a resultar que la Prudencia también había tenido que ir a hacer de vientre con la misma urgencia y estaba aculada justo a un paso de donde se puso Mariano sin haberla visto. ¡Anda que no se reía al día siguiente cuando lo contaba!

 

 

COSAS DE CHICOS, Pedro Aparicio de Andrés (2017)

Corría el año 1959, así que yo debía de tener unos tres años. Acababan de traer el agua al pueblo desde La Tejera y habían construido tres fuentes: una en La Plaza, otra que llamábamos del Botón porque había que apretar la espita para que saliera el agua, y la tercera en la Calle Real, a tiro de piedra de mi casa.

Estábamos de inauguración y no hacía ni una hora que habían llenado el abrevadero, que para nosotros era el pilón. Los mozos, en un alarde de querer dar la bienvenida al progreso, pescaron unos pececillos en el Duero y los soltaron en la fuente para delicia de aquellos niños que no habíamos visto ser vivo alguno nadar.

Se eligió un domingo para tal efeméride, así que mi madre me había mudado y vestido todo de blanco: unos pantalones con tirantes y una camisilla que posiblemente confeccionase ella misma, porque había hecho un curso de corte y confección en la posguerra y se defendía bien con la aguja y las tijeras. En fin, que lucía yo más bonito que un San Luis.

Acabarás por estrenar el pilón, había sentenciado mi madre unos minutos antes.

Pero yo no podía dejar de mirar aquellos peces que, como digo, veía por primera vez nadar. Y, claro, se cumplió el vaticinio y caí de cabeza.

Menos mal que la novedad no sólo llamaba mi atención. A escasos pasos, también embobada, se encontraba mi hermana, que tiró inmediatamente de mis tirantes y logró rescatarme tras haber tragado unos cuantos buches de agua. Me llevó a casa chorreando y, antes de cambiarme de ropa, mi madre me arreó un buen soplamocos.

 


 

Pocos años después, estábamos los chicos jugando en la Calle Real. Jugábamos a la tanguilla, que de pequeños nosotros llamábamos tuta, cuando a Claudiejo se le desvió un tango —que no era otra cosa que una rueda de hierro de las de los trilllos— que vino a rebotar en mi cabeza abriéndome una brecha. Echaba sangre como un cochino y pronto me llevaron a mi casa las mujeres que se arremolinaron al oír mis lloros y el griterío de los demás.

Alertada de lo ocurrido, al punto se presentó angustiada la Victoria, que era la madre del Claudiejo. La pobre mujer lloraba desconsoladamente como si hubiera ocurrido una tragedia. Y, en realidad, por algo similar se tenían en Alcozar incidentes similares en aquellos tiempos.

Si la herida era de consideración, había que avisar al médico para que diera unos cuantos puntos de sutura, pero, desconozco por qué razón, en ese caso el galeno se veía obligado a denunciar los hechos, aunque no hubiera mediado mala intención por parte del chico sino un mero fallo de puntería, y los padres tenían que pagar una multa a modo de indemnización.

Me desinfectaron la herida mientras oía a las mujeres deliberar sobre la conveniencia o no de dar parte al médico.

Aunque el tangazo me dejó una marca de por vida, mi madre decidió que no se diría nada, y mi herida se curó a base de agua oxigenada, polvos de azol y esparadrapo.

Esta historia podría haberla olvidado si no fuera por el proceder de ambas mujeres, que era producto de lo que se consideraban relaciones de buena vecindad, de las que se esperaba, como en las familias, que los trapos sucios se lavaran en casa.

He de añadir que aquella atribulada mujer quedó agradecida de por vida por haberse librado de pagar una multa en unos años en los que una o cinco pesetas representaban un dineral para algunas familias.

 

 

 

EL OBISPO DE ROMA, Sixto Aparicio Pastor (2017)

El pez gordo se come al chico. Eso sucedía en Alcozar en aquellos tiempos, que los chicos mayores aprovechaban cualquier oportunidad para burlase de los más pequeños.

Tenían por costumbre, cuando se aburrían y no encontraban otro entretenimiento mejor, llamar a algún niño y con cualquier pretexto decirle aquello de: El obispo de Roma, para que te acuerdes de mí, toma, al tiempo que le daban un bofetón en la mejilla.

De esta forma corría el bulo entre la chiquillería de que el obispo, cuando venía a confirmar, te arreaba una guantada que te escocía la cara durante un par de días. Y, claro, a los niños les aterraba la confirmación.

Hacia 1948 le llegó el turno de confirmar a Encarnita, la hija del barbero Ángel del Hoyo, a quien apodaban Colorín. La chica dijo a sus padres una y otra vez que ella no quería confirmarse, pero en aquellos entonces la opinión de los hijos contaba menos que nada y, si te descuidabas, hasta te arreaban una somanta de palos por retrucar. Así que la jovencita no dejaba de idear planes para librarse de aquella supuesta tortura.

Llegó el día señalado, su madre cogió el estropajo y el jabón para dejar sus tiernas carnes más limpias que una patena, sacó la ropa de los domingos, escacinó su pelo hasta hacer que se le saltasen las lágrimas, y quedó la chica apañada.

Pero cuando su madre llegó a la iglesia minutos antes de comenzar la ceremonia, observó con estupor que allí no estaba su Encarnita. Se fue hacia la sacristía para comunicar su ausencia al señor cura y para pedir que se retrasase el acto de confirmación. Todo el pueblo abandonó la iglesia y salió en su búsqueda, pero creo que no llegaron a encontrarla.

En aquella ocasión se había librado del bofetón, pero seguro que lo recibiría el año siguiente.

 

 

LOS POLLOS DE LA MARÍA, Carmen Andrés Hernando (2017)

Un día la María y el Prudencio tenían que ir a trabajar al campo y no iban a volver para la hora de comer, así que la Benedicta, una hermana de la María que era bastante más joven que ella, se quedó al cuidado de sus hijos y de una pollada que había dejado al sol en un cajón.

Les dejó la comida preparada y arroz y agua para que echaran de comer a los pollos, porque en aquel tiempo con eso y algo de pan duro remojado alimentábamos a los pollos hasta que creían un poco.

El caso es que la Benedicta se fue a jugar con las chicas y se olvidó de los pollos. Cuando volvieron a casa para comer, los animales estaban medio muertos de sed, de hambre y de la chicharrera que les había pegado toda la mañana, así que cogió el paquete del arroz y se lo echó todo de golpe. También llenó hasta arriba la lata del agua y tapó el cajón con un saco.

Los pollos estaban tan hambrientos y sedientos, además de acalorados, que comieron y bebieron sin tino. Al rato, el arroz comenzó a hincharse con el agua en sus estómagos y creo que, cuando llegaron la María y el Prudencio a casa, les salía por el pico y se habían muerto más de la mitad.

De modo que, cuando alguien se harta de comer, se sigue diciendo: “a ver si te va a pasar como a los pollos de la María”.

 


 

EL PUCHERO DE ARROZ, Carmen Andrés Hernando (2017)

Los padres del Frutos y el Mariano Cabrerizo fueron a la feria de San Esteban y, como no iban a volver a tiempo, dejaron a los chicos un paquete de arroz para que se hicieran la comida.

Pusieron el puchero a la lumbre y, cuando el agua comenzó a hervir, añadieron dos puñados de arroz tal y como les había dicho su madre. Pero les pareció que era poco para el hambre que ellos tenían, así que echaron otros dos, y dos más y así hasta que el puchero estuvo casi lleno. Al rato el arroz, según se iba cociendo, salía por todas partes y ellos no paraban de sacar cucharadas para que no cayera a la lumbre.

Cuando volvieron sus padres, no sólo estaban apanzados de tanto comer, sino que además les había sobrado una gran fuente de arroz y el puchero seguía lleno.

 

 

LA ONZA DE CHOCOLATE, Elena Aparicio de Andrés (2017)

Contaban que por aquellos tiempos eran pocos los alcozareños que conocían el sabor del chocolate. Por lo visto era un manjar que estaba reservado a unos cuantos privilegiados. Alguna recién parida lo cataba después de un alumbramiento, y unos pocos chicos habían tenido la suerte de que sus madres llevasen una onza a la iglesia los días que comulgaban y se la diesen por haber ayunado desde la noche anterior.

Pero el hecho que voy a intentar narrar no se debía a ninguna de estas dos circunstancias, aunque no podía dejar de recordarse en ninguna matanza o reunión familiar que se preciase.

Ocurrió que, no sé por qué motivo, mi tía Paca tenía en casa una tableta de chocolate. Un día en el que su hijo Aurelio estaba en la escuela, dio una onza de ese chocolate a su otra hija, la Ignacia, tampoco sé por que razón, no sin antes advertir a la niña de que bajo ningún concepto debía enterarse su hermano.

La Ignacia saboreó aquella golosina tan inesperadamente recibida y se debatía entre mantener la boca cerrada como le había pedido su madre y esperar que en pago de su silencio en cualquier otra ocasión volviera a comer chocolate, y la de jactarse ante su hermano para que se muriera de envidia.

Después de mucho cavilar optó por tomar el camino de medio. Esperó inquieta durante un buen rato y, tan pronto como apareció Aurelio, le espetó.

Aurelio, la madre me ha dado una onza de chocolate, pero no te lo digo.

Ya pueden imaginar ustedes lo que debió acontecer después.

 


 

PATATAS Y CHICHE, Elena Aparicio de Andrés (2017)

Otra anécdota que tuvo mucho predicamento en mi infancia, también relacionada con la pobreza y la escasez de alimentos, la protagonizaron la María, apodada Matola, y su hermano Amancio.

Por una parte, la cena habitual en aquellos tiempos era un plato de patatas mondas y lirondas a las que se añadía una punta de tocino o un poco de sebo para que cogieran sabor. Por otra, el castigo más común consistía en privar a los niños de la última comida del día y enviarlos a la cama sin cenar. Y, por último, era usual contar sólo con dos camas en cada vivienda; en la una dormían los padres, y en la otra se apretujaban todos los hijos de ambos sexos.

Así sucedió que un día de los muchos que el Amancio se había quedado sin cenar, tan pronto como subió la niña a acostarse, este preguntó:

¿Qué habéis cenado, chacha María?

Matatas con chiche, respondió la pequeña con su todavía deficiente pronunciación.

Ahora me mato, ahora me ahorco, que habéis comido chiche y a mí no me habéis guardado, gritaba el Amancio entre desesperados sollozos.

Hay que señalar que la palabra chiche se utilizaba para referirse a cualquier tipo de alimento cárnico.

No te mates, chache Mamancio. No te ahoques, que zolo hemos comido patatas, se apresuró a confesar la María al ver la angustia de su hermano.

 

 

RECUERDOS DE INFANCIA Y JUVENTUD, Catalina Aparicio Pastor (2017)

Recuerdo que todos los mozos solteros, cuando llegaban a la mayoría de edad a los 21 años, recibían quiñón o parte de Vega. Esta Vega creo que antiguamente perteneció a los frailes de La Vid.

Las mujeres no tenían derecho a parte de vega si se casaban con un mozo que viviera en Alcozar; sólo la recibían si su marido no era nacido en el pueblo, pero después de casados y si se quedaban a vivir allí, o sea, que en realidad quien entraba en el reparto de quiñones era el marido.

Si se marchaban del pueblo perdían ese derecho y, si volvían, tenían que pasar dos años antes de poder volver a solicitarlo.

 

De chicas, durante las Navidades, salíamos a pedir el aguinaldo, que en Alcozar se decía aguilando. Íbamos a casa del sacerdote, del médico y de los tenderos. El cura nos daba un céntimo gordo a los mayores y un céntimo pequeño —de los que echaban las mujeres en la bandeja cuando rezaban las plegarias en las sepulturas— a los niños y niñas más pequeños. El médico solía darnos galletas y dulces y los tenderos, el Sr. Teótimo y el Tio Miguel, higos y castañas. Era poca cosa, pero para nosotros significaba mucho, así que esperábamos con impaciencia que llegasen esos días.

 

Luego se salía a pedir para el Santísimo, que creo que ahora se vuelve a hacer. Íbamos tres chicas de las más mayores de la escuela pidiendo casa por casa durante la Cuaresma y la Semana Santa. La una llevaba una cesta para recoger los huevos que nos daban, la otra una bandeja para las monedas, y la tercera era la que llevaba un cristo que vestía y tapaba con un paño morado mi tía Paca. Cada domingo o fiesta de guardar se cantaba una canción diferente, la que correspondía a esa fecha.

A la fábrica de harinas y a las casillas del tren sólo íbamos un día, porque estaban muy lejos y había que darse una buena caminata, algunos años hacía todavía mucho frío por esas fechas. En la fábrica nos daban huevos, porque, como molían y tenían mucho pienso, criaban bastantes gallinas. En las casillas creo recordar que nos daban alguna moneda.

 

Otro recuerdo de mi infancia se refiere a la recogida de los pobres. En cada pueblo había un pobrero, que era el encargado de dar cobijo a los pobres que llegaban. En Alcozar, por entonces, era mi tío Moreno, que en realidad se llamaba Esteban, pero a quien hasta su mujer llamaba por el mote. Los pobres no podían permanecer en un mismo pueblo más de veinticuatro horas.

A Alcozar iba uno que llamaban Segundo Dios porque llevaba una barba muy espesa. En cuanto llegaba, íbamos corriendo todos los chicos detrás de él porque nos daba unos caramelos parecidos a las gominolas de ahora y la casa de mi tía Cándida se llenaba de niños esperando que contase alguna de sus interesantes historietas. Mi tía ponía patatas con nabos para la cena; no sé si los nabos los llevaba el pobre, porque yo no los he visto nunca plantados en Alcozar. Al día siguiente cogía camino y se iba por donde había venido para hacer su recorrido, y volvía pasado algún tiempo siguiendo su ruta.

Otro pobre muy popular e inteligente hacía las sumas con los chicos en vez de en vertical en horizontal, y con muchísima rapidez. Como nosotros tardábamos más que él en sumar, nos decía: “¡Ay, si Pitágoras levantara la cabeza!”.

 

El día dos de mayo recitábamos poesías históricas desde la ventana de la escuela de las chicas. Nos sabíamos muchas poesías de batallas o personajes famosos.

Yo tuve dos maestros en mi familia: mi bisabuelo Salvador, padre de mi abuela Catalina, que tenía la escuela en los soportales de la Plaza porque todavía no se había construido la Casa de Villa; y mi tía Luciana, casada con mi tío Miguel, con la que yo fui a la escuela, pero ya en el edificio del Ayuntamiento.

Había unas moreras en la Plaza que daban unas moras buenísimas. La una estaba delante de la escuela de los chicos y la otra de la de las chicas. Cuando llegaban las moras, decía mi tía Luciana: “Hay que subir a la morera a coger las moras, pero que sólo suban las chicas que lleven bragas”. Y es que en aquellos tiempos la mayoría de las niñas todavía no usaban esa prenda en su indumentaria.

Las chicas por la mañana estudiábamos gramática, matemáticas, historia, etc. y por las tardes hacíamos labores, sobre todo vainicas y bordados de toda clase. Al final de curso se exponían en las mesas de la escuela los cuadernos de clase y las labores para que pudiera verlo todo el pueblo.

Los jueves por la tarde no había clase, pero sí que íbamos a la escuela. Nos juntaban a los chicos y a las chicas en una de las escuelas y ensayábamos los cantares de la iglesia y de misa y canciones regionales. Recuerdo que luego la Fernanda, una sobrina del señor cura, mi hermano Sixto y la Trini, hija del secretario, hacían las voces solistas en las misas.

En el buen tiempo, los jueves por la tarde hacíamos excursiones. Llevábamos un poco de merienda y los maestros nos explicaban geografía y ciencias naturales. Al día siguiente hacíamos una redacción sobre lo que habíamos visto o lo que nos hubieran enseñado.

 

Otro de mis recuerdos es que los domingos nos reunían en la puerta de la escuela. Los chicos iban con el maestro y llevaban su bandera de España, y las chicas con la maestra y también con nuestra bandera. Desde allí nos dirigíamos en fila hasta la iglesia para la misa.

 

Durante la Guerra Civil, mi padre fue el encargado de enseñarnos la instrucción. No había distinción de sexo, aprendimos tanto los chicos como las chicas. Se ponía serio y comenzaba el: “paso al frente, oblicuo derecho, cuerpo a tierra, etc.” Acabábamos molidos de la paliza que nos pegaba. Yo no recuerdo que tuviéramos un traje especial para la instrucción, pero decían que las chicas desfilábamos vestidas de margaritas. Alcozar quedó en zona nacional, así que, cuando ganaban los nacionales, después del desfile, íbamos a la iglesia a rezar y dar gracias. También durante la Guerra Civil, los soldados que volvían del frente con permiso nos enseñaban los himnos de las diferentes compañías.

 

De la Semana Santa recuerdo que, como se había muerto Cristo y no se podían tocar las campanas, los chicos iban por el pueblo con carracas y matracas para avisar a los oficios divinos. El día de Viernes Santo, cuando moría Cristo, se iban apagando las luces y las velas de la iglesia hasta que nos quedábamos totalmente a oscuras, y entonces los chicos empezaban a hacer ruido con las matracas y carracas. Había un mozo viejo, un poco corto de luces pero que no se perdía nada de lo que sucedía en la iglesia y, cuando el cura decía: “Antonio, apaga esa vela”, él se dirigía donde fuera con el capuchón para apagarla.

Durante el Bautizo del Cirio se recogía agua en botellas y algunos cantos que, una vez bendecidos, se tiraban a la calle cuando había algún nublado que amenazase con descargar piedra.

Se hacía el monumento en uno de los altares laterales y se cubrían los demás con cortinas moradas. No se podía dejar ninguna imagen al descubierto. Se velaba el monumento por barrios desde que se moría Cristo hasta que resucitaba; las mujeres y las mozas lo hacían durante el día y los hombres recién casados y los mozos durante la noche y acompañados de la limonada, bebida típica de esas fechas.

 


 

EL COCHINO QUE SE TRAGÓ UNA AGUJA, Margarita Rejas del Amo (1995)

 

 

Antes, cuando hacíamos las morcillas, nos lavábamos las manos después de revolver el mondongo, y luego echábamos el agua a los cochinos. Y resulta que una vez, llevaba yo una aguja de las de hacer las morcillas y se me cayó a la lata; luego, fui a echar a los cochinos y se la tragó uno. Pasaron unos días, y ya matamos el segundo cochino. Y va la Evelia a cortar un trozo de la "sadura"[2] para hacer el almuerzo, va a partir de la parte del gargamello, o el gargancho como llamamos, y, cuando llega al bofe, sonaba y dice: pero ¿qué suena aquí?; y hasta que encontró la aguja.

 


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