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SOCIEDAD Y CICLO VITAL EN UNA ALDEA SORIANA: ALCOZAR

por Divina Aparicio de Andrés (1987-1979)

(publicado en Cuadernos de Etnología Soriana, nº 9, Soria, 2002)

 

CAPÍTULOS:

  Sociedad

  Nacimiento

  Embarazo

  Parto

  Supersticiones - "mal de ojo"

  Cuarentena

  Innominados

  "Taleguillos"

  Hijos ilegítimos y naturales

  Bautizo

  "Tumbar a los niños"

  Primera Comunión

  Asociaciones de solteros

  El "zarragón"

  Noviazgo

  Amonestaciones

  La boda

  Ceremonia de la boda

  Los festejos de la boda

  Primer año de matrimonio

  Muerte

  Después de la muerte


 

MUERTE

Hasta hace escasos años, existieron en Alcozar algunos augurios que sus habitantes interpretaban como claras señales de que la muerte rondaba cerca. Siempre que alguna "lechurna" (lechuza) cantaba durante la noche, quienes lo oían aseguraba que barruntaba muerte y que algún vecino "iría al hoyo" en breve. Asimismo, se decía que si las campanas dejaban "retumbo" al "tocar a clamores" o a entierro, alguien moriría también en los próximos días. Cuando se suponía que la muerte ya era irreversible, y como en muy pocos casos se hallaba el médico presente, se procedía a colocar una vela cerca de la nariz del difunto para ver, por el movimiento de la llama, si éste respiraba. En otros casos se ponía un espejo cerca de la boca con lo que se comprobaba si existía todavía el más mínimo aliento. Decretada de esta forma la muerte, los familiares y vecinos procedían a amortajar el cadáver. Esta tarea la solían realizar las mujeres, independientemente del sexo del fallecido, ocupándose los hombres de mover el cuerpo sin vida para que pudiera ser convenientemente vestido. La rigidez de sus miembros obligaba a veces a romper las chaquetas o los vestidos por la parte de atrás, procurando que no se vieran los rasgones de la vestimenta una vez colocado el muerto sobre la cama que hacía funciones de catafalco. Mientras duraba el adecentamiento del cadáver ─también era lavado y peinado─ se iba rezando algún misterio del rosario. Ni que decir tiene que para amortajar se utilizaban las mejores ropas de que dispusiera el finado. Y, una vez acabados todos preparativos, se colocaban unas tijeras abiertas o una cazuela con agua de sal sobre el vientre del muerto, método tradicional para evitar su hinchazón.

A continuación se comunicaba la defunción al sacerdote, quien encargaba al sacristán o a los monaguillos que tocaran a clamores. Al final, se hacían sonar tres campanadas en el caso de que el fallecido fuera hombre y solamente dos cuando se trataba de una mujer. De esta forma, y dado que en la aldea ya se tenía noticia de la gravedad de una determinada persona, se informaba a todos los conciudadanos de que la muerte ya había llegado.

cruz de la cabecera de una sepultura

 

Si la muerte sobrevenía de forma repentina, las vecinas propagaban la noticia enseguida, y los parientes se personaban en la casa del difunto para colaborar en los preparativos de la mortaja y del entierro. Se quitaba el colchón de la cama y se colocaba el cadáver sobre una sábana blanca hasta la hora del entierro, momento en que era introducido en el féretro ─caja o "ataúl" (ataúd) se decía en Alcozar─ y se bajaba desde el primer piso de la vivienda, en el que generalmente se hallaban los dormitorios, hasta el portal, donde llegaba el sacerdote y el resto de la comitiva para comenzar la ceremonia religiosa del entierro. Los familiares, vecinos y amistades se ocupaban de avisar a aquellas personas cuya presencia juzgaban necesaria en el entierro, siempre que éstos habitasen fuera de la localidad. Y se disponía la hora del funeral teniendo en cuenta el tiempo que necesitarían los familiares más allegados para desplazarse hasta Alcozar desde sus respectivos domicilios.

Durante las horas que iban desde el fallecimiento hasta el entierro, se ejercían las obligaciones de parentesco y vecindad socialmente establecidas para estos casos. La mayoría de los habitantes mayores de edad pasaban por la casa del difunto para dar el pésame a la familia y permanecer allí un rato. Por la noche el cadáver, a cuyos lados se colocaban dos velas encendidas, era velado por los familiares más allegados y por algunos vecinos. En estas reuniones se comenzaba rezando por el alma del difunto hasta que los allí presentes acababan por familiarizarse con la presencia de la muerte. Después se hablaba de cualquier tema, se contaban anécdotas ─sobre todo aquellas en las que el fallecido hubiera sido el protagonista─ y hasta se acababa riendo al recordar algún acontecimiento no exento de humor. Si el velatorio tenía lugar en invierno, se preparaba café (antaño en puchero y colado con una manga) para ayudar a los presentes a soportar toda una noche de insomnio. En época estival no se acostumbraba servir cosa alguna. En estos velatorios o "velorios" de invierno, sólo dos personas solían acompañar al cadáver, mientras que el resto permanecía en la cocina hablando y contando anécdotas. En la actualidad no se queda nadie en presencia del finado, aunque se sigue pasando la noche en vela y charlando en el comedor, en la cocina o en el portal. Según comentan los actuales habitantes de Alcozar, ahora no es necesario cuidar del cadáver, pues las casas están mejor acondicionadas, con puertas bien ajustadas en los dormitorios, y, por tanto, no se corre el peligro de que entre algún gato. Asimismo, con la supresión de las velas que se colocaban a ambos lados del muerto, ha desaparecido el riesgo de provocar algún incendio. Ahora, como los féretros son comprados en Aranda de Duero o en San Esteban de Gormaz, los cadáveres son introducidos en ellos relativamente pronto. Antes ─aproximadamente hasta mediados de los años cuarenta─ el ataúd era confeccionado por los propios familiares del difunto con tablas y tablones que recubrían después con tela negra. Durante la Guerra Civil y la Posguerra, época en la que escaseaba la tela, se procedió a pintarlos con "Nogalina" o con tierra ennegrecida, pues no se disponía tampoco de pinturas o barnices. El cadáver era expuesto en el portal de la vivienda, colocado ya en el féretro pero sin tapar, durante las horas precedentes al entierro. Dos velas encendidas ardían una a cada lado del ataúd.

Cuando llegaban el sacerdote y los monaguillos, como el resto del pueblo ya esperaba en la calle, los familiares del difunto cargaban "la caja" a hombros y emprendían todos la marcha hacia la iglesia. Allí se rezaba un responso y, a continuación, se emprendía el empinado camino hacia el cementerio. En la conducción del cadáver se iban turnando los familiares ─siempre masculinos─ y, de no ser suficientes, colaboraban los vecinos y otras amistades. Durante este camino se hacían tres descansos y se rezaban los correspondientes responsos, tras los que un monaguillo pasaba un bonete para que se fueran depositando las limosnas para el culto. En estas paradas se colocaba el féretro sobre una mesa cubierta con un paño negro. Todos los familiares masculinos del difunto ─incluso el marido, si se trataba del entierro de su esposa─ debían llegar hasta el cementerio y estar presentes mientras se cubría el ataúd con tierra. Por el contrario, en aquellos casos en los que fallecía un hombre casado, su mujer permanecía en casa acompañada de aquellas mujeres ancianas incapacitadas para subir hasta el cerro donde se encuentra ubicado el cementerio. La cofradía de la Veracruz, a la que pertenecían todos los alcozareños desde que tomaban la Primera Comunión, obligaba a sus miembros a ir a todos los entierros de sus hermanos cofrades. En la actualmente derruida ermita de Ntra. Sra. del Vallejo se rezó también un responso mientras en ella pudieron oficiarse ceremonias religiosas, desplazando a la iglesia parroquial esta función cuando la mencionada ermita quedó convertida en ruinas. En aquellos tiempos, las hermanas y, en su defecto, las familiares femeninas más allegadas del difunto o difunta, llegada la comitiva a la ermita del Vallejo y rezado el responso, permanecían allí y colocaban lo que se denominaba "sepoltura" o "sepulturía". Consistía en extender sobre un paño blanco varias palmatorias con velas y tablas de madera, en las que se enrollaba cera, en uno de los laterales de la nave de dicha ermita. Estas mujeres permanecían allí, vigilando que no se apagase ninguna "luz" mientras duraba el enterramiento propiamente dicho. Cada familiar o vecina entregaba a las mujeres del finado una vela, un rollo de cera o una tabla con cera hilada en casa, teniendo buen cuidado de no olvidar la entrega de "esta luz" en señal de reciprocidad. Es decir, que ésta estaba obligada a entregar su vela cuando la otra familia fuese la afectada. En la ermita del Vallejo cada familia tenía reservado su lugar para colocar su "sepultura", donde extendían todas las velas recogidas cada vez que moría alguno de sus miembros. Enterrado el ataúd, la comitiva volvía a la ermita para rezar un último responso.

Las tumbas, denominadas hoyos, se hicieron siempre excavando la tierra con pala, labor que hacían ─y aún hoy hacen─ los familiares masculinos del difunto, pues en Alcozar nunca hubo sepultureros o enterradores. También son ellos, los que bajan "la caja" a la fosa sujetándola con sogas, y los que vuelven a colocar la tierra encima, a paletadas, para enterrar el féretro. Antaño fue frecuente escuchar gritos y sollozos femeninos durante el tiempo que duraba el cubrimiento con tierra de la sepultura. También se oían frases como: Adiós, padre, para siempre; hasta que nos veamos en el Valle de Josafá". Otras mujeres recogían un puñado de tierra, la besaban y la tiraban a la fosa. El sacerdote también echaba una paletada de tierra sobre el cadáver antes de ser enterrado, para lo cual se abría la tapa del ataúd en el cementerio durante unos instantes.

 

DESPUÉS DE LA MUERTE

Hemos incluido el luto y el denominado "cabo de año" dentro del ciclo vital por considerar que, al menos hasta ese momento, el recuerdo a los muertos debía mostrarse públicamente.

puerta del cementerio

 

Las "luces" que se colocaron el día del entierro en la "sepultura", debían permanecer encendidas durante la misa por espacio de un año. Las familias "pudientes" incluso las mantenían ardiendo cada tarde durante el tiempo que duraba el rezo del rosario. Desde la "misa de cabo de año" hasta el segundo aniversario de la muerte, sólo se encendían durante las misas de los domingos y demás días festivos. Durante el primera año, y según estaba establecido consuetudinariamente en la "iguala" que se pagaba al cura párroco, los difuntos pasaban a engrosar la lista de "la plegaria". Al acabar la misa de los domingos y días de guardar, los hombres abandonaban la iglesia, mientras que las mujeres y los escolares permanecían de rodillas rezando un padre nuestro por cada uno de los hermanos difuntos de la comunidad que iba nombrando el sacerdote. Decía éste:

"por el eterno descanso de...", Padre nuestro que estás en los cielos... seguían los allí congregados. Si la familia deseaba mantener a su difunto en la plegaria por más tiempo, debía hacer efectiva la cuota correspondiente, ya que este nuevo servicio no quedaba incluido en "la iguala". La cera que ardía en tablas, veleros y hacheros procedía de los colmenares locales y era de fabricación casera. Esta cera era hilada dándole una forma redondeada e introduciendo un cabo o mecha en el centro.

El día siguiente al del entierro las mujeres procedían a teñir de negro buena parte de su vestimenta exterior, ya que la costumbre popular obligaba a éstas a llevar luto por un período de dos años. La ropa era introducida en grandes calderos con agua hirviendo en la que previamente se había vertido un polvillo contenido en unas papeletas que actuaba como tinte. La ropa se mantenía hirviendo a fuego lento durante largo rato, removiendo con un palo para que el tinte quedara homogéneo. Los hombres no se vestían de luto. Sin embargo, llevaban algún distintivo de duelo en su vestimenta de los días de fiesta, que podía ser una corbata negra, un botón forrado de negro que se cosía a la solapa de la chaqueta o un hiladillo, colocado a modo de brazalete, de este mismo color. La costumbre de "guardar luto" hace algunos años que desapareció en Alcozar y sólo las mujeres de mayor edad siguen manteniéndola. Concluido el período obligado de luto, las mujeres comenzaban a vestirse de "alivio luto", consistiendo éste en telas negras con algún pequeño motivo de color gris o blanco.

En los días siguientes al del entierro se desplazaba un miembro de la familia a alguna localidad cercana más grande y encargaba los recordatorios que posteriormente serían enviados por correo a los familiares del difunto que vivían fuera de la localidad y entregados personalmente a los vecinos y amistades residentes en Alcozar.

Transcurrido un año exacto desde el entierro, se celebraba la "misa de cabo de año", a la que asistían los familiares del difunto, las vecinas y la mayoría del resto de las mujeres de la aldea. En tiempos pasados también se entregaban velas o "luces" ─al igual que ocurriera el día del entierro─ y alguna moneda para el responso cuando no se podía asistir personalmente a dicha misa y se mantenían relaciones de amistad con la familia del difunto que obligaban a ello. En la actualidad, algo similar a las antiguas misas de cabo de año suele celebrarse durante el verano, cuando los hijos o familiares del difunto ─haya sido éste enterrado o no en Alcozar─ se desplazan hasta el pueblo para pasar sus vacaciones estivales.

En el cementerio, desde hace muchos años, no existen "gradas" diferentes para enterrar a los difuntos que en vida gozaron de mayor o menor poder económico. Se sigue un turno riguroso en el levantamiento de los cadáveres anteriormente enterrados, respetándose únicamente aquellas sepulturas que han sido adquiridas en propiedad. Existía una grada en la parte superior del cementerio donde eran enterrados los niños, y un rincón que hacía las veces de cementerio civil y donde descansaban los restos de los escasísimos suicidas (sólo se recuerda un caso).

En el año 1857, según se desprende de los libros de registro parroquiales, las tarifas que regían para los entierros en las diferentes gradas eran los siguientes:

primera grada

segunda grada

tercera grada

cuarta grada

grada de párvulos

misa de "cuerpo presente" sin limosna

misa de "cuerpo presente" (al sacristán)

plegaria dominical, primer año

plegaria dominical, segundo año y siguientes

misa de "fin de año" (al cura)

misa de "fin de año" (al sacristán)

responso

24 Ptas.

18 Ptas.

12 Ptas.

8 Ptas.

3 Ptas.

22 Ptas.

4'90 Ptas.

22 Ptas.

una fanega de trigo

12 Ptas.

7 Ptas.

un cuarto diario por un año

Durante el siglo XIX es usual encontrar en las partidas de defunción tanto masculinas como femeninas:

"Hizo testamento y en él dispuso, en sufragio de su alma, misa de entierro, plegaria fin de año, tres céntimos de peseta diarios con dos luces y una novena de misas cantadas".

o bien:

"Hizo testamento y en él dispuso, en sufragio de su alma, misa de entierro, plegaria fin de año y responso y luz cuando pueda su familia".

y a veces:

"Hizo testamento y dispuso misa de entierro, plegaria fin de año y responso cuando puedan con su luz en su sepultura por un año".

"Hizo testamento y en él dispuso misa de entierro y tres céntimos de peseta de responso diario, con su luz y cinco céntimos los días festivos por un año".

Cuando el difunto no hacía testamento, solía ser la familia la que disponía los responsos que habían de rezarse, las luces que tenían que encenderse y las misas a celebrar en su memoria.

Actualmente son pocas las personas que hacen testamento y ninguna incluye cláusula que establezcan las obligaciones religiosas de su familia. Anteriormente solían testar aquellos matrimonios que no tenían hijos y deseaban dejar como herederos universales a aquellos sobrinos a los que habían criado.


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