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Del favorable fin que dio Don Quijote a la fiera

por Francisco Redondo Ceresuela (1999)

Publicado en el Programa Oficial de Fiestas de San Esteban de Gormaz, 1999

 

Con la tarde próxima a su fin, Don Quijote y Sancho dejan Atauta a sus espaldas en su camino hacia el Norte.

- Has de saber Sancho que tierra grande es ésta de encantamientos, que el gran hi de puta Mefistón de Carneros sembró de malos hijos estos lugares y tienen aterrorizados a sus gentes.

- Mi señor, no hable de encantamientos que en haciéndolo mis costillas ya se sienten afligidas y santiguadas a palos.

Y llegando a San Esteban cruzan el largo puente que suma dieciséis ojos por la puerta más cercana al río que sustenta las armas del Marqués de Villena, al tiempo que el alguacil se apresuraba a cerralla pues la noche comenzaba a ennegrecer la jornada.

- Pronto plegáis puertas alguacil en este noble lugar, - dijo Don Quijote.

- No hablaría así Vuestra Merced si conociera las grandes maldades de la fiera Silbante, conocida por Silbo.

- Peor lo pasara ese tal Silbo si conociera el valor de mi fuerte brazo. Pero agora decidme alguacil si hay sitio en esta villa donde remansar dos cansados cuerpos.

- La posada Yáñez queda ahí mismo a la diestra, que catres hay sobrantes por mor del Silbo Silbante.

Sin más palabra buscaron acomodo en la posada. Cuando a la cena servida bajaron Sancho y Don Quijote, sentáronse en una mesa cercana a la única que estaba ocupada por dos huéspedes, a la sazón Maestres de las Órdenes de Santiago y de Calatrava de camino a Valladolid a una reunión del Honrado Concejo de la Mesta. El posadero hacía de anfitrión de tan ilustres comensales:

- ... y sepan, que las puertas de la villa tórnanse antes de la puesta del sol porque el Silbo Silbante es dueño de la oscuridad y sale de su madriguera en busca...

- Mi querido posadero, -le cortó el de Calatrava-, si nadie de estos lugares ha visto a ese extraño Silbo, ¿qué es y por qué face tales agravios a estas honradas gentes?...

- Yo no sé bien cómo es el Silbo, lo más dicen que tiene forma de serpiente pitón, cabeza de dragón y garras de águila; otros lo sustentan a cuatro patas, todo cubierto de pelo y ponen fuego en su boca; y otros aseguran que muda de color y forma según le conviene.

Como quiera que estas palabras llegaban a oídos del caballero andante, no pudo evitar acercarse y hablar en voz alta:

- Sepan Vuestras Señorías, que tal grado deduzco por sus razonamientos, que esa bestia conocida por Silbo, no es sino Silbarión de la Galiana hijo del malvado Mefistón de Cameros que tanto mal ha hecho por estas tierras, de cuyos abusos bien se habla en el libro Cilindrín de Gamusinos. Y dicen bien quienes han visto serpiente de pitón, cabeza de dragón, garras, patas, pelo, fuego y mudas de forma y color, porque de todo es capaz Silbarión, y de mucho más, como pudo comprobar el infortunado Margoz de Gormaz. ¡Hasta hoy!, porque voy a poner todo mi valor a disposición de la orden que profeso desfaciendo este agravio y sinrazón, ¡que yo valgo por ciento!.

Bien sea porque los dos Maestres ya estaban cansados de oír tales disparates, o bien porque su condición les envalentonaba, el caso es que acordaron con Don Quijote en buscar al cura y dar justicia al Silbo, Silbarión o lo que fuera.

Fue así como salió la comitiva la tarde siguiente en ayunas, -pues el ejercicio de las armas requería los cuerpos ligeros-, menos Sancho, que por no tener oficio de armas se había despachado una olla de legumbres y media azumbre de mermelada de ciruelas. Y saliendo, digo, la comitiva por la puerta de San Gregorio, torcieron a la izquierda llegando enseguida a un paraje conocido como el Val de Izán, donde, a los pies del castillo, se abría una enorme madriguera-túnel, que era la guarida del Silbo. Y encendiendo las antorchas, entraron dentro.

Quiso la aventura que en ese preciso momento se levantara un vendaval y arreciara fuertemente amenazando con marchitar las antorchas y produciendo un sonido que atronaba los oídos.

- ¡Válgame el cielo que el Silbo está despierto y bien enfurecido! -dijo Sancho abrazándose a Don Quijote.

- No temas Sancho ni teman Vuestras Señorías, que mando al Silbo de un tajo al Duero, y suéltame que no logro desenvainar la espada.

Tal era el miedo que se apoderó de Sancho que entre sudores y tiemblos, no hacía sino aferrarse más a Don Quijote, y bien fuese por el precipitado almuerzo o por los ingredientes del mismo o de puro miedo, las tripas del pobre Sancho comenzaron a barruntar una gran tormenta repleta de amenazadores ruidos.

- ¡No decrece mi valor ante los feroces rugidos de la bestia! –decía Don Quijote porfiando por liberarse de su escudero.

La tormenta de Sancho redobló en pesares, esfuerzos y resudores, de tal forma que cuando llegó la presión final, le reventó el cordel con que sostenía los calzones y comenzó a desaguarse por entrambas piernas. Y fue a tiempo que Don Quijote quiso desasirse definitivamente de Sancho, y poniéndole la mano por detrás notó que el cuerpo del mismo había aflojado. Quedose quieto por un momento...

- ¡Pecador de mí!... Paréceme Sancho que has aflojado las tripas.

- Bien lo crea Vuestra Merced, que si me muevo me llega a las sandalias.

Quiso la aventura que una zorra utilizara el agujero de la montaña del castillo como madriguera. Y quiso que la borrasca de Sancho y las palabras de Don Quijote la despertaran de su solaz sueño por lo que, saltando adormilada, cayó en medio de los presentes. Sea por la poca luz que allí había, o bien por las sombras que la zorra proyectó por las paredes al saltar, el caso es que todos pensaron que el Silbo les había atacado, cayéndoseles las antorchas y quedando paralizados por un momento. El primero en afrontar el peligro fue el cura que, tomando el crucifijo y alargando los brazos comenzó a decir: "¡Vade retro, Satán...!", pero alguno de la comitiva lo recibió con un garrotazo en las manos que le machucó el crucifijo. A partir de aquí cada uno intentó defenderse dando palos de ciego y alguna certera cuchillada, pues quien no atizaba con el tronco de la tea, lo hacía con la espada; comenzaron entonces a menudear entre ellos, dando todos y recibiendo no menos, que hasta el pobre Sancho lanzaba puñadas al aire, pero una vez que fue derribado, el Maestre de Calatrava le brumó las costillas muy a su sabor. Y como quiera que la aterrorizada zorra seguía saltando de un cuerpo a otro, todos creían sentir al aliento y las garras del Silbo y apuraban los golpes muy a su pesar. En un salto del animal, Don Quijote lo vio venir por los aires y lo recibió con el yelmo que le cubría la cabeza, de tal suerte que quedaron ambos bien descalabrados.

- ¡Oh princesa Dulcinea, señora de este cautivo corazón!, malferido soy...

Oyeron todos el lamento de Don Quijote, y como fuese que la zorra había dejado de moverse, atinó uno de los Maestres a encender una antorcha dando luz a lo que en verdad era el Silbo. Guardándose los golpes recibidos -y Sancho aún más lo que le escurría por los calzones-, y avergonzados, prometieron callar en todo y marcharon en busca de la salida, llevando los Maestres a Don Quijote arrastrándole cada uno de una pierna.

A la salida de la guarida-túnel Don Quijote recobró un poco el sentido:

- Detengan sus Señorías el cortejo y díganme ahora mismo si hemos fenecido al fiero de Don Silbarión.

- No había tal Silbarión sino el mismo diablo, contestó el cura muy magullado.

- Bien sabía yo que esa sabia, bruja y enemiga mía, la gran zorra de Gorifonte, haría un gran encantamiento trocando Silbo por el Mandinga, y todo por quitarme el sabor de la victoria. A lo que Sancho añadió:

- Gorifonte, no lo sé bien, pero zorra a buen seguro, y vayamos ligeros que se me están sollando las posaderas.

Cuenta el escritor Cide Hamete Benengeli que los Maestres necesitaron tres días de cuidados hasta partir a Valladolid, el cura un mes en poder decir una misa, y Don Quijote y Sancho, a los dos meses sanaron de sus feridas y abandonaron la villa tomando el camino de Alcozar.