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ASÍ SE HACÍA UN HORNO DE PAN

por Antonino Aparicio Pastor (2001)

 

Horno (Navapalos, Soria - 1993)

 

Para hacer un horno de pan primero se había de disponer de adobes adecuados. La elaboración de los adobes era la tradicional, pero el barro se había de echar en adoberas a propósito para este fin. Las adoberas no eran totalmente rectangulares, sino que tenían una forma ligeramente redondeada para que el adobe quedara un poco más largo por la parte de atrás que por la de delante. Los adobes quedaban más o menos como las piedras que componen un arco, porque los hornos eran totalmente circulares.

Para el suelo del horno se hacían baldosas bastante gruesas, con el mismo material (barro y paja molida) que los adobes y se secaban igualmente al sol. Las únicas diferencias consistían en que para hacer las baldosas se utilizaba la paja mucho más molida (a veces hasta se empleaba tamo, es

decir, polvo de paja) y que éstas, una vez colocadas, se cocían al encender el horno y tomaban mayor consistencia que los adobes.

Con estos dos materiales, buena traza y mucha paciencia, ya se podía empezar a hacer el horno. Primero se colocaba en el suelo del horno una capa de grava o guijo (guijarros de tamaño regular) y se cubría con ceniza o con jirle (excremento de las ovejas). Esta capa cumplía una doble función: por una parte facilitaba el asentamiento de las baldosas encima y, por otra, se componía de materiales que mantendrían el calor una vez puesto el horno en funcionamiento.

A continuación, se colocaba la primera hilera de adobes, procurando que quedasen en un círculo lo más perfecto posible. Después se iban poniendo filas de adobes sucesivas intentando que cada una de ellas fuera ligeramente inferior a la anterior para ir dando al horno la forma de bóveda o media naranja. Esto se conseguía asentando los adobes un poco adelantados sobre la fila de abajo. La colocación de las últimas hileras era muy difícil y se acababa poniendo un único adobe en vertical para cerrar la cúpula. A veces, si no se tenía gran pericia, acababan por caer al suelo todos los adobes. De ahí viene el dicho popular de “tente mientras cobro”, pues, según se contaba antaño, una familia contrató a un maestro de obras y a sus dos ayudantes para que hicieran un horno en su casa y, al acabarlo, como ya empezaba a amenazar con caerse al suelo, el maestro pidió a sus ayudantes que se metieran dentro y sujetasen las paredes con las costillas mientras que él iba a intentar cobrar a escape para tomar las de Villadiego antes de que se hundiera.

Colocados todos los adobes, se habían de recubrir con una buena capa de lodo tanto por dentro como por fuera para que no se desprendieran.

boca de un horno de poya (Alcozar, 2001)

 

Los hornos se construían generalmente con la boca o entrada en la pared de la cocina, por encima del hogar en el que se encendía la lumbre, y la bóveda quedaba dentro de la cuadra del ganado. De esta forma también los animales aprovechaban el calor que desprendía el horno el día que el ama de la casa hacía la hornada de pan, que solía ser cada semana o cada quince días.

La boca del horno era una simple abertura rectangular, cuyo marco se hacía con cuatro piedras areniscas rectangulares. Cuando se estaba cociendo el pan, se cerraba la boca del horno con una plancha metálica para guardar mejor el calor. Previamente se recogían las ascuas con el argunero, amontonándolas a un lado del horno, y se mantenía un poco de lumbrera encima (támaras pequeñas que hicieran llama) para que las hogazas de pan se dorasen.

Hasta los años cincuenta del pasado siglo, había horno de pan en casi todas las casas. Luego se establecieron en Alcozar dos panaderos y las mujeres empezaron a comprar el pan y dejar de elaborarlo ellas mismas.

Los hornos de las panaderías eran similares a los que se han descrito. Las únicas diferencias consistían en que tenían un agujero rectangular en el centro del suelo por donde caían las brasas a un túnel situado bajo el horno, y que tanto la boca como el túnel se cerraban con puertas metálicas.


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