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BARCOS DE JUNCO

por Felicitas Pastor Romero (2004)

 

foto: M. Carmen Aparicio (2003)

 

Como apenas teníamos juguetes, nos las ingeniábamos para fabricarlos nosotras mismas. El campo aportaba muchos materiales que podíamos utilizar con este propósito. Todo servía; sólo hacía falta poner en marcha la imaginación. Además las experiencias y los frutos de cualquier ocurrencia o golpe de ingenio fueron pasando de una generación a otra, convirtiéndose en juegos o juguetes tradicionales.

En Alcozar no faltaban los juntos; los había en la margen de cualquier arroyo. También en los múltiples humedades brotaban las junqueras. Poca cosa más necesitábamos para hacer nuestros barcos y competir en improvisadas regatas; palabra esta última que en aquellos tiempos desconocíamos.

Los barcos, aunque en principio suene algo raro, los confeccionábamos generalmente las chicas. Si se decidía hacerlo en domingo, íbamos a buscar los juncos a la Fuente San Vicente, al Arroyo de La Fuente, a la Puentecilla... Si la idea surgía mientras acompañábamos a nuestras madres a lavar en los sitios acostumbrados, no teníamos más que extender la mano y arrancar del suelo la materia prima.

Yo todavía recuerdo, como si fuera ahora mismo, que, después de morirse su padre, su abuela, la tia  Esperanza, mandaba a la Puri a lavar a Fuenterrubiales. Su hermana, la Sagrario, y yo, que éramos más pequeñas, íbamos con ella, pero nos dedicábamos a jugar por los alrededores. Y uno de nuestros entretenimientos favoritos era la construcción de barcos.

Había que arrancar, tirando con fuerza y sujetando bien para que no resbalasen entre las manos, algunos juncos que estuvieran verdes y no fueran muy gordos. Los que estaban algo secos no servían porque se partían al doblarlos.

A continuación se cortaban tres juncos de entre 25 y 30 cm y se ataban por los dos lados a unos dos cm de los extremos. Si estábamos en el campo los atábamos con algún junco o tallo fino; si los hacíamos en casa, cogíamos un poco de hilo de carrete del canastillo de la labor de nuestras madres o abuelas.

Luego se cortaban bastantes juncos de aproximadamente 20 cm y se iban introduciendo entre los tres juncos que habíamos atado al principio, alternando un junco recto con otro doblado. De esta forma se completaba hasta el final. Por debajo quedaba como una balsa o plataforma que impedía que el barco se volcase hacia los lados, y por arriba una especie de pirámide invertida en la que hasta podía colocarse algún palo como imaginario navegante. Ya sólo faltaba buscar una corriente de agua para comenzar la regata y un palo largo para sacar el barco del atolladero si se encallaba.


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