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ALGUNOS JUEGOS INFANTILES

 

 

niños en edad de aprender sus primeros juegos

 

En Alcozar, siempre que el tiempo atmosférico lo permitía, los chicos jugaban en la calle.

Desde su más tierna infancia los niños aprendían juegos en los que imitaban a sus mayores, y a través de los cuales aprendían a hablar, a moverse, a pensar y a relacionarse con otros niños y niñas de su misma edad.

 

VEO, VEO (Magdalena Pastor del Blas, 1995)

El juego del "VEO, VEO" se podía poner en práctica tanto en la calle como en casa, y eran los hermanos más mayores los que solían enseñárselo a los pequeños, a veces mientras permanecían en la cama, pues ya se sabe que en aquellos tiempos ocupaban el mismo lecho todos los hermanos del mismo sexo y se ha de tener en cuenta que las familias numerosas -que eran la mayoría en el Alcozar entonces- contaban con hijos de todas las edades.

Para jugar al "veo, veo" uno de los chicos o chicas miraba disimuladamente hacia un objeto que estuviera a la vista y decía:

-Veo, veo.

-¿Qué ves? -contestaba el otro o los otros jugadores.

-Una cosita -seguía diciendo el primero.

-¿Por qué letrita? -volvía a preguntar el resto de jugadores.

-Por la "m" -decía, por ejemplo, el primer niño.

A continuación todos comenzaban a mirar a un lado y otro y buscar objetos cuyo nombre comenzase por la letra "m" y los iban diciendo, mientras que el primer chico o chica iba indicando: "frío, frío", si la palabra dicha no se aproximaba ni tenía relación con la que él o ella habían pensado; "templado, templado" si de alguna forma se parecía; "caliente, caliente", si intuía que iban por buen camino para conseguir acertar y, por último: "quemando, quemando" cuanto era inminente el que se acertara el nombre de un momento a otro.

 

EL CORRO CHIRIMBOLO (Jesús Pastor de Blas, 1995)

El "CORRO CHIRIMBOLO" era, como su mismo nombre indica, un juego de corro. Era propio de niños de corta edad y solían dirigirlo las madres o las hermanas mayores.

Se formaba un corro y se comenzaba a cantar:

Al corro chirimbolo,

¡qué bonito es!

Mientras duraba esta estrofa los niños giraban lentamente, debido a su corta edad, agarrados de la mano.

Luego se paraban y el cantar continuaba:

Un pie (los niños tenían que adelantar uno de los pies)

otro pie (se adelantaba el otro pie)

una mano (los niños estiraban una de sus manos)

otra mano (estiraban la otra mano)

un codo (doblaban un brazo y adelantaban el codo)

otro codo (doblaban el otro brazo adelantando el codo)

la nariz (se tocaban la nariz con la mano)

y el morro (se llevaban la mano a los labios)

 

A TILÍN A TILAS (Araceli de Blas Madrid, 1995)

El "A TILÍN, A TILÁN" era un juego para entretener a los niños en su temprana edad. Una persona más mayor tomaba al niño o niña y lo colocaba sobre sus rodillas, lo sujetaba por los brazos, y comenzaba a echarle para atrás y para adelante mientras entonaba la siguiente canción:

A tilín, a tilán,

los mocitos del batán,

unos vienen y otros van;

Llegados a este punto de la canción, se aceleraba el ritmo y el movimiento del niño mientras se continuaba canturreando:

tricoli, tricoli, tricolitrá.

 

PELO, PELO (Felicitas Pastor Romero, 1995)

Los niños se sentaban en un lugar donde hubiera hierba e iban arrancando briznas al tiempo que cantaban:

Pelo, pelo,

hierba, hierba;

si viene el lobito

con ella se queda.

Al acabar la canción todos tenían que abrir la mano procurando que no se les hubiera quedado algún trozo de hierba adherido porque, de ser así, tenían que abandonar el juego.

 

SUELTO MI GAVILÁN

Era un juego similar al escondite, pero para niños más pequeños. Una de las madres o hermanas mayores se sentaba y uno de los niños reposaba la cabeza en su halda para no ver los movimientos del resto de los niños.

A continuación la madre contaba hasta un número determinado y, al acabar, decía:

—¿Suelto mi gavilán a la una?

Si los niños no habían tenido tiempo de esconderse, contestaban:

—No, todavía no.

En cuyo caso la madre proseguía:

—¿Suelto mi gavilán a las dos?

A las tres.

Allá va.

En es momento el niño que la quedaba salía en busca de los otros.

 

 

 

LA CARRETILLA MINDOLA (Divina Aparicio de Andrés, 2016)

Es un juego de entretenimiento para los niños y sirve como entrenamiento de equilibrio y fuerza. El niño se coloca a cuatro patas y otro niño o una persona mayor  le coge por los tobillos para que pueda levantar las piernas y desplazarse con las manos como si fuese una carretilla.
En Alcozar, cuando se trataba de entretener a niños pequeños, se cantaba:
A la carretilla mindola,
que nunca anda sola.

 

 

 

POMPAS DE JABÓN (Elena Aparicio de Andrés, 2016)

En la actualidad existen en el mercado innumerables productos y aparatos para hacer pompas de jabón.
En Alcozar, hacíamos nosotros mismos el líquido con un bote de conservas reciclado en el que poníamos agua y desleíamos una concha de jabón Lagarto o del que elaboraba nuestra propia madre en casa. Cuando el líquido estaba en su punto, buscábamos una paja de cereal y soplábamos con fuerzas; las burbujas desbordaban el recipiente con su sonido de gorgoritos característico. Si queríamos que la pompa volara, no había más que levantar la paja y soplar hacia arriba.

 

 

MUÑECOS DE NIEVE (José Romero Riaguas, 2016)

Cuando yo era chico, en Alcozar nevaba mucho más de lo que lo hace ahora. Siguiendo el refrán de: “Para los Santos, nieve en los altos”, comenzaba a nevar a primeros de noviembre y teníamos nieve hasta la primavera siguiente.

El frío, la nieve y el calzado inadecuado propiciaban el que nos salieran unos molestos sabañones que picaban de lo lindo. Nuestras madres nos aplicaban algún remedio casero, como frotarlos con un grano de ajo, pero lo cierto es que los sabañones no desaparecían de nuestros pies con facilidad. En Alcozar se decía que sólo se curaban con polvo de mayo, es decir, cuando llegaba el buen tiempo. Y a veces aparecían también en las manos y en las orejas.

A pesar del frío, una nevada siempre era motivo de júbilo para los chicos, porque se podían hacer muñecos de nieve.

No teníamos que ir muy lejos para encontrar los materiales, los teníamos en la puerta de casa. Pero generalmente los hacíamos en las eras, pues cabía la posibilidad de que por la noche helara y los muñecos se quedaran ahí, duros como un garrote, e impidieran el paso.

Se hacía una bola grande recogiendo cuanta nieve podíamos y haciendo un montón hasta donde nos lo permitía nuestra escasa altura. Esa bola se suponía que era el cuerpo.

A continuación, hacíamos una bola más pequeña que colocábamos como podíamos encima de la grande y que era la cabeza del muñeco. Y después dos bolas alargadas que hacían las veces que brazos.

Si encontrábamos por los corrales alguna escoba en desuso, se la poníamos en la mano y nos parecía haber hecho una obra de arte.

 

 

 

JUEGO DEL ÁNGEL Y EL DEMONIO O DE LAS CINTAS (Catalina Aparicio Pastor, 2016)

Se colocaban las chicas en fila y una dirigía el juego. La directora separaba a dos niñas para que hicieran la una de ángel y la otra de demonio.

A continuación, la directora asignaba un color al resto de las jugadoras diciéndoselo al oído para que nadie lo oyera y llamaba al ángel. Llegaba el ángel y simulaba llamar a una puerta.

—Tan, tan.

—¿Quién es? Pregunta la directora.

—El ángel con la cruz a cuestas. Contesta el ángel.

—¿Qué quiere el ángel con la cruz a cuestas? Prosigue la directora.

—Una cinta. Contesta de nuevo el ángel.

—De qué color. Replica una vez más la directora.

La niña que hacía de ángel nombraba un color, por ejemplo, el rojo, y, si había acertado, se llevaba a sus filas a la chica a la que se asignó el mismo, y si no ha sido así, volvía a su sitio sola.

Después la directora llamaba al diablo y se repetía el mismo proceso.

—Tan, tan.

—¿Quién es? Pregunta la directora.

—El demonio machacando huevos. Contesta el demonio.

—¿Qué quiere el demonio machacando huevos? Prosigue la directora.

—Una cinta. Contesta de nuevo el demonio, etc.

Cuando no quedaban más niñas, el ángel y el demonio se colocaban una frente a la otra y se cogían por las muñecas. A cada una de ellas se unían las niñas de su equipo agarradas por la cintura.

Cada equipo tiraba con fuerza hacia un lado hasta que a alguien le fallaban las fuerzas y se rompía la cadena. El resto de las jugadoras zahería a la perdedora con la cantinela: “chorizo, chorizo, chorizo…”, en un acto que hoy consideraríamos cruel.


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