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Misericordia,
Dios mío;
tu
gran clemencia me valga.
Lágrimas
vierten mis ojos,
confusión
tengo en el alma.
Por
tu gran misericordia,
de
mí ten piedad, Dios mío.
Borra
mis iniquidades
porque
estoy arrepentido.
Las
manchas negras del alma
y
aquel pecado que hice
lava,
lávalo de nuevo,
que
tanto, tanto me aflige.
Ahora
yo reconozco
que
mi pecado fue grande,
y
su continuo recuerdo
me
tiene triste y cobarde.
Contra
ti sólo pequé.
En
tu presencia he pecado.
Con
el perdón que me otorgues
se
callarán los malvados.
Atiende,
que soy muy débil
y
en pecado concebido.
El
mal lo traigo heredado;
soy
un pobre desvalido.
Yo
me acuerdo de aquel tiempo
en
que inocente vivía,
y
conocí los arcanos
de
tu gran sabiduría.
Hoy
necesito que laves
con
el hisopo mi alma.
Blanca
quede como nieve
al
influjo de tu gracia.
Háblame
dulces palabras,
que
despidan mis tristezas,
que
me absuelvan y me alienten,
que
restituyan mis fuerzas.
Aparta
tu faz divina,
no
mires a mis pecados.
Sírvelos
fuera del alma,
que
me tienen contristado.
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Un
corazón puro y casto
crea
dentro de mi pecho,
y
en los unos de mi alma,
viva
el espíritu recto.
Mírame
con buenos ojos,
no
me arrojes de tu lado;
No
me prives de tu gracia
ni
de tus dones sagrados.
Devuélveme
la alegría,
y
tu amistad siempre
amable,
y
fortaleza de príncipe
para
servirte constante.
Por
el escándalo dado,
y
que tanto se ha perdido,
enseñaré
tus verdades,
combatiré
a los impíos.
Líbrame,
Dios, de las penas
que
mis pecados merecen,
y
mi lengua a tu justicia
celebrará
para siempre.
Ábreme,
Señor, mis labios
porque
mi lengua te alabe,
y
te adore y te venere
como
a Dios y como padre.
Mi
dolor, mi contrición,
será
a ti más aceptable,
que
todos los holocaustos
y
confusiones legales.
Sacrificio
a Dios muy grato
en
mi alma atribulada,
y
un corazón ya contrito
nunca
su amor la rechaza.
Mírame
aún con agrado,
y
a tu pueblo con clemencia;
afianza
tus murallas
y
firme tu reino venga.
Haré
entonces sacrificio
con
toda suerte de gracia,
de
amor, de paz y consuelo,
de
justicia y alabanzas.
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