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| | ROMANCES
(III)
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COLECTIVA. Puedes enviar el romance que recuerdes y que no se haya incluido
todavía en el romancero
de Alcozar y
lo añadiremos.
Juglar
del Cid - Diputación Provincial de Soria (2005)
ROMANCE
DE LAS TRES CAUTIVAS
(Felicitas Pastor Romero)
(Este
romance también se cantaba para jugar a la comba.)
|
A
la verde, verde,
a
la verde oliva,
donde
cautivaron
a
las tres cautivas.
—¿Qué
nombre daremos
a
estas tres cautivas?
La
mayor Constanza,
la
menor Lucía
y
a la más pequeña
llaman
Rosalía.
—¿Qué
oficio pondremos
a
estas tres cautivas?
La
mayor lavaba,
la
menor cosía,
y
la más pequeña
agua
les traía.
Fue
un día a la fuente,
a
la fuente fría,
y
encontró a un anciano
que
en ella bebía.
—¿Qué
hacéis ahí, buen viejo,
en
la fuente fría?
—Estoy
aguardando
a
mis tres cautivas. |
—Padre,
usted mi padre,
y
yo soy su hija.
—Voy
a darles parte
a
mis hermanitas.
—Pues
sabrás Constanza,
pues
sabrás Lucía,
cómo
he visto a padre
en
la fuente fría.
Constanza
lloraba,
Lucía
gemía,
y
la más pequeña
así
les decía:
—No
llores Constanza,
no
llores Lucía,
que
en viniendo el moro
nos
libertaría.
La
pícara mora,
que
las escuchó,
abrió
una mazmorra
y
allí las metió.
Cuando
vino el moro
de
allí las sacó
y
a su pobre padre
se
las entregó. |
ROMANCE
DEL REY RODRIGO
(Divina Aparicio de Andrés)
|
Las
huestes de don Rodrigo
desmayaban
y huían
cuando
en la octava batalla
sus
enemigos vencían.
Rodrigo
deja sus tiendas
y
del real se salía,
solo
va en desventura,
que
no lleva compañía.
El
caballo, de cansado,
ya
mudar no se podía,
camina
por donde quiere,
que
no le estorba la vía.
El
rey va tan desmayado,
que
sentido no tenía;
muerto
va de sed y de hambre,
que
de verle era mancilla;
iba
tan tinto de sangre,
que
una brasa parecía;
las
armas lleva abolladas,
que
eran de gran pedrería;
la
espada lleva hecha sierra,
de
los golpes que tenía;
el
almete ya abollado
en
su cabeza de hundía;
la
cara llevaba hinchada
del
trabajo que sufría.
Subióse
encima de un cerro,
el
más alto que veía,
desde
allí mira a su gente
cómo
iba de vencida; |
de
allí mira sus banderas
y
estandartes que tenía,
como
están todos pisados,
la
tierra los recubría;
mira
por los capitanes,
y
ninguno aparecía;
mira
el campo tinto en sangre,
la
cual a arroyos corría.
Él,
triste, al ver todo esto,
gran
mancilla en sí tenía,
y
llorando por sus ojos,
de
esta manera decía:
—Ayer
era rey de España,
hoy
no lo soy de una villa;
ayer
villas y castillos,
hoy
ninguno poseía;
ayer
tenía criados,
hoy
ninguno me servía;
hoy
no tengo ni una almena
que
pueda decir que es mía.
¡Desdichada
fue la hora,
desdichado
fue aquel día
en
que nací y heredé
la
tan grande señoría,
pues
lo había de perder
todo
junto y en un día!
¡Oh
muerte! ¿por que no vienes
a
llevarte esta alma mía
de
este cuerpo mezquino,
pues
te lo agradecería. |
ROMANCE
DE ABENÁMAR
(Elena Aparicio de Andrés)
|
—¡Abenámar,
Abenámar,
moro
de la morería,
el
día que tú naciste,
grandes
señales había!
Estaba
el mar en calma,
la
luna estaba crecida,
moro
que en tal signo nace
no
debe decir mentira.
Allí
respondiera el moro,
ya
oiréis lo que decía:
—Yo
te la diré, señor,
aunque
me cueste la vida,
porque
soy hijo de un moro
y
una cristiana cautiva.
Siendo
yo niño y muchacho
mi
madre me lo decía:
que
mentira no dijese,
que
era una gran villanía;
por
tanto, pregunta, rey,
que
la verdad te diría.
—Yo
te agradezco, Abenámar,
esta
tu fiel cortesía.
¿Qué
castillos son aquéllos? |
altos
que al sol relucían.
—La
Alhambra era, señor,
y
el otro era la mezquita,
los
otros los Alixares
labrados
a maravilla.
El
moro que los labraba
cien
doblas ganaba al día,
y
el día que no los labra
otras
tantas se perdía.
El
otro el Generalife,
huerta
que par no tenía.
El
otro Torres Bermejas,
castillo
de gran valía.
Allí
habló el rey don Juan,
bien
oiréis lo que decía:
—Si
tú quisieses, Granada,
contigo
me casaría;
de
daré en arras y dote
a
Córdoba y a Sevilla.
—Casada
soy, rey don Juan,
casada
soy, que no viuda;
el
moro que a mí me tiene,
mucho
y muy bien me quería. |
ROMANCE
DEL CONDE ARNALDOS
(M. Carmen Plaza de Blas)
|
¡Quién
hubiera tal ventura
sobre
las aguas del mar,
como
la hubo el conde Arnaldos
la
mañana de San Juan!
Con
un falcón en la mano
la
caza iba a cazar;
vio
venir una galera
que
a tierra quiere llegar.
Las
velas traía de seda,
la
jarcia un puro cendal;
marinero
que la manda
diciendo
viene un cantar
que
la mar ponía en calma, |
los
vientos hace amainar,
los
peces que andan tan hondo
arriba
los hace andar;
las
aves que andan volando
al
mástil van a posar.
Así
habló el conde Arnaldos,
bien
oiréis lo que dirá:
—Por
Dios, ruego, marinero,
que
me digas el cantar.
Respondióle
el marinero,
tal
respuesta le fue a dar:
—Yo
no digo esta canción
sino
a quien conmigo va. |
ROMANCE
DE DOÑA ALDA
(Ignacia Morales Pastor)
|
En
París está doña Alda,
la
esposa de don Roldán,
trescientas
damas con ella
la
fueron a acompañar.
Todas
visten un vestido,
todas
calzan un calzar,
todas
comen a una mesa,
todas
comían de un pan,
si
no era doña Alda,
que
era dama principal.
Las
ciento hilaban oro,
las
ciento tejen cendal,
las
ciento tañen guitarras
para
doña Alda holgar.
Al
son de los instrumentos
doña
Alda dormida está;
estaba
soñando un sueño,
un
sueño de gran pesar.
Despertó
despavorida
y
con un pavor tan grande,
que,
los gritos por delante,
se
oían por la ciudad.
—¿Qué
es esto, buena señora?
—¿Quién
os hizo tanto mal?
—Un
sueño soñé, doncella,
que
me ha dado gran pesar;
que
me veía en un monte,
en
un desierto lugar; |
y
de los montes muy altos
un
azor yo vi volar;
tras
él viene una aguililla
que
lo ahínca muy mal.
El
azor, con gran cuidado,
se
metió en mi brial;
al
águila, con gran ira,
de
allí lo quiere sacar.
Con
las uñas lo despluma,
con
el pico lo deshace.
Allí
habló su camarera,
bien
oiréis lo que dirá:
—Este
es el sueño, señora;
bien
os lo pienso soltar:
el
azor es vuestro esposo,
que
viene de allende el mar;
y
el águila... pues sois vos,
con
la que se ha de casar,
y
aquel monte es la iglesia
donde
os han de velar.
—Si
así es, mi camarera,
bien
te lo pienso pagar.
Otro
día de mañana
cartas
de fuera le traen;
tintas
venían de dentro,
de
fuera escritas con sangre,
que
su Roldán era muerto
en
guerra de Roncesvalles. |
ROMANCE
DEL CONDE OLINOS
(Divina Aparicio de Andrés)
|
Paseaba
el conde Olinos
por
la orillita del mar,
va
a dar agua a su caballo
la
mañana de San Juan.
Mientras
su caballo bebe
él
canta un dulce cantar;
todas
las aves de cielo
se
paraban a escuchar.
Caminante
que camina,
olvida
su caminar;
navegante
que navega,
su
nave vuelve hacia allá.
La
reina estaba lavando,
su
hija durmiendo está;
la
reina llena de envidia
a
su hija mandó llamar.
—Levantáos tierna niña,
levantáos y escuchad,
sentiréis cantar hermoso
la
sirenita del mar.
—No es la sirenita, madre,
la de tan bello cantar,
sino que es el conde Olinos
que por mis amores va.
—Si por tus amores pena,
yo lo mandaré matar;
para casarse contigo
le falta sangre real.
Guardias mandaba la reina |
al conde Olinos buscar;
que lo maten a lanzadas
y echen su cuerpo a la mar.
—Si lo manda matar, madre,
juntos nos han de enterrar;
él murió a la media noche,
ella a los gallos cantar.
A ella, como hija de reyes,
la entierran en el altar;
a él, como hijo de condes,
tres pasitos más atrás.
De ella nació un rosal blanco,
de él nació un espino albar;
crece el uno, crece el otro,
los dos se van a juntar.
Las ramitas que se alcanzan
fuertes abrazos se dan,
y las que no se alcanzaban
no dejan de suspirar.
La reina, llena de envidia,
pronto los mandó cortar;
el galán que los cortaba,
no cesaba de llorar.
De ella naciera una garza,
de él un fuerte gavilán,
vuela el uno, vuela el otro,
juntos vuelan al altar;
que la reina, con ser reina,
no los pudo separar. |
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